¡Todos somos novatos en la montaña!

Ese día a las cinco de la mañana estábamos listos, con el camelback, la botas y un café de un drive-thru de Starbucks. Sabíamos que nos tomaría manejar tres horas desde Seattle a Leavenworth, un pequeño pueblo al norte de Washington; y treinta minutos más para llegar al trail.


La meta era el lago Colchuk, a 5000 pies de altura (detalle que ignorábamos) y un ascenso de 5 millas. Debo confesar que me considero una novata de la montaña. Esto se debe en primer lugar, a mi inclinación por correr en plano, sin desafíos, y en segundo lugar, a la oportunidad de conocer de cerca a verdaderos corredores de trail. Personas que han dedicado su vida a entender la técnica, la elevación y el ritmo con que se debe emprender un viaje como estos. Sin embargo allí estábamos nosotros, un poco cuerdos y bastante locos por cumplir nuestra promesa de conquistar cada fin de semana un hike diferente.

Estuvimos perdidos manejando por media hora por la falta de señalización del lugar.

Pensamos cambiar de destino y gracias a la vida no fue así, de lo contrario no hubiese conocido el mejor lugar que hasta ahora esta obsensión por el trail me ha mostrado.

A las 8:30 am empezamos a ascender y nos propusimos subir en hora y treinta minutos, así que tomamos un ritmo exigente y aunque lo mantuvimos durante el ascenso solo logramos llegar a las 11:00 am a la cima.



El dolor en los pies con los que comencé los primeros kilómetros, sin comentárselo a mis compañeros, desapareció en el momento en que entre los árboles se reflejó el lago. Los rayos del sol empezaban a brillar entre la quietud del agua verde esmeralda contenido y rodeado por unas majestuosas montañas que jugaban a ser guardianes, a sostener frágilmente entre la toscosidad de sus brazos la magia de aquellas aguas.


la vista no tenía explicación, era un tesoro jugando a esconderse muy lejos de los grandes edificios de Amazon y Microsoft que bombardean a Seattle, un tesoro perdido en esa montaña, un tesoro a la espera aventureros dispuestos a aceptar el ascenso y poder contemplar aquel espectáculo. Ese día el turno fue para nosotros.

El tiempo se detuvo por un instante, la paz se calaba por el cuerpo entre el aire puro del lugar y el silencio se apoderaba de nosotros. Atrás quedaron las conversación que nos acompañaron el camino, solo estábamos encantados disfrutando del paisaje, de esa sensación de sanación que tiene la montaña y que recarga la energía que suele desgastarse en la ciudad.




Allí con aquella vista compartimos fruta, queso y barras de cereal. Intentamos sumergirnos en el lago pero el frío del agua, que pienso habrá de haber sido de cero grados, nos sacó inmediatamente.


Justo ese día mientras descendía, mientras el ruido del agua se confundía con los árboles, mientras nuestra respiración y nuestros pasos se estremecían con los obstáculos del camino, entendí que nunca nadie dejará de ser un novato en la montaña. Cada sendero esconde secretos, esconde desafíos. No se sabe lo que se pueda encontrar en un ascenso, si se deba cruzar una cascada, si el camino es rocoso, si la ruta no está bien marcada, si era más largo o corto de lo esperado. Pero justamente eso es lo que nos mueve a la aventura, el deseo de descubrir lo que la montaña aguarda.


Relato y fotografía: Ivonne Gúzman


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