Ciudad perdida con todo lo imaginado incluido

Actualizado: 5 de ago de 2020

El plan decía: visita la ciudad perdida, 5 días 4 noches. Empezamos bajo la compañía del sol de Santa Marta a las 9 de la mañana, una camioneta todo terreno nos acercó a dos alemanas, una polaca, un canadiense, otro bogotano y a mi, al Mamey, un tranquilo pueblo donde los niños caminan descalzos por las calles de lodo y barro. Allí, almorzamos y en compañía de los niños, el guía indígena vestido de blanco y la buena energía de la montaña empezamos el ascenso.


El primer río aparece antes del kilómetro de recorrido y debemos cruzarlo, esto se pone emocionante, sin zapatos y con mucho cuidado llegamos al otro lado frescos para continuar el camino, ya que en su mayoría es un ascenso con un terreno seco y lleno de altibajos.



El primer campamento y la promesa de poder bañarnos en una piscina natural ya está a la vista, solo queda cruzar un puente colgante, dejar la maleta, comer algo y directo a la piscina que está bajo una piedra de 10 metros de altura. Un salto que tenía muchas ganas de hacer desde hace bastante tiempo.

La noche es tranquila y el sonido del río nos arrulla hasta que el despertador suena antes de las 5 a.m. hora en la que debemos empezar el recorrido, varios grupos salimos al mismo tiempo, y aunque no somos muy expresivos, la buena energía se siente, la mayoría de los caminantes son extranjeros y en el camino se oyen conversaciones en inglés, francés, alemán, portugués y otros idiomas que no supe identificar, pero todos caminábamos con algo en común, la misma meta, una meta que sería recompensada con un paraíso frutal, donde la sandía sería el manjar para refrescarnos y recargarnos de energía, y las naranjas le darían el toque ácido al recorrido.


Llegamos a una parte del río después de la caminata del día, para bañarnos y descansar. Tomamos el sol, pasamos sobre las incómodas piedritas del río e hicimos chistes en el agua mientras nos acomodamos para las fotos, y justo allí sucede lo inesperado, el bogotano se recuesta en una piedra y mientras esperamos la foto vemos como la corriente del río se lo va llevando, él pierde el control y no intenta nadar hacia la orilla, solamente pide ayuda y nos mira a todos con cara de pánico, esperando que lo ayudemos, pero todo pasa tan rápido que quedamos congelados, el grupo que estaba más cerca no pudo hacer mucho y los guías que estaban a la orilla del río corrieron río abajo para alcanzarlo. De no haber sido por el sonido de las hojas sacudidas por el viento, el continuo paso del agua y las aves de la sierra, el momento hubiera sido el más silencioso. Perdemos de vista al señor y solo queda la esperanza. Durante más de una hora esperamos a la orilla del río, alguna señal de la situación, pero la comunicación en la selva es complicada. (Mis ojos se empapan al recordar este momento).

Ya era tarde y debíamos llegar al siguiente campamento para almorzar; así que como el mejor equipo nos dividimos las pertenencias del Bogotano para llevarlas con nosotros hasta llegar a Santa Marta. Fue la caminata más triste que pude hacer, las palabras no hicieron falta porque se sentía la tristeza en el ambiente, y en el campamento ya todos conocían la historia, y al igual que yo anhelábamos un final feliz.




Esa noche dormir fue complicado, el sonido del río era el continuo recuerdo de lo que había pasado. Nuevamente antes del amanecer debíamos estar listos para conocer la famosa ciudad perdida, el campamento estaba cerca así que no era necesario llevar las maletas, caminamos un rato antes de encontrar nuevamente el río, esta vez una cuerda era el apoyo para cruzar, la corriente era fuerte y el miedo que antes no sentía hacia el río ahora existía. Al otro lado nos esperaban unas escaleras que daban la bienvenida a lo que alguna vez fue la ciudad de los Tayrona, subimos, subimos y subimos para ver las primeras terrazas y los pasillos de rocas perfectamente ordenadas aunque cubiertas de plantas y musgo.



De la historia me quedé con lo real y es que este lugar es un cementerio, con la llegada de los Españoles, las enfermedades y el poder, asesinaron a muchos indígenas y como era la costumbre los enterraban en el suelo bajo sus casas, para que una nueva familia viviera allí, la cantidad de cuerpos es inimaginable.


Cada lugar es una historia, no importa si la creamos o si la escuchamos, los invito a aprender del próximo lugar que visiten porque no se trata solo de una historia de viaje.


Relato y fotografía: @viajero_profesional viajeroprofesional.com


"Contar las historias detrás de cada aventura, es comprender que cada caminante vive y expresa la montaña de acuerdo a lo que ella le enseña, este relato es la fiel muestra de que la historia no siempre está detrás de llegar a la cima, si no de lo que se vive en el recorrido para llegar a ella, gracias a Carlos por compartir su historia con todos nuestros guardianes"

Canuto Adventure Project.

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